
Respuesta rápida: El Dorado no era una ciudad de oro. Era un hombre: el heredero de un cacicazgo muisca que, según crónicas de los siglos XVI y XVII, se cubría el cuerpo con polvo de oro y navegaba en una balsa hasta el centro de la laguna de Guatavita (Cundinamarca, Colombia) para arrojar ofrendas de oro y esmeraldas al agua. La ceremonia tiene una base real en las prácticas de ofrenda de los muiscas, pero la codicia europea la convirtió en el mito de un reino dorado que nunca existió. La pieza que hoy la simboliza, la Balsa Muisca del Museo del Oro de Bogotá, no se encontró en Guatavita, sino en una cueva de Pasca en 1969.
En las montañas al nororiente de Bogotá, a unos 3.000 metros sobre el nivel del mar, hay una laguna casi circular rodeada de bosque andino y páramo. Desde lo alto parece un ojo de agua verde oscuro. En una de sus orillas se ve una cicatriz en forma de «V»: un corte abierto en la montaña hace más de cuatro siglos por hombres que querían vaciarla. Buscaban el tesoro de El Dorado. Esta es la historia de lo que encontraron, de lo que nunca existió y de lo que la arqueología dice hoy.
¿Qué era realmente El Dorado?
La expresión española «el dorado» significa literalmente «el hombre dorado». En los primeros relatos de la Conquista no designaba un lugar, sino una persona: un cacique cubierto de oro. Solo con el paso de las décadas, y a medida que las expediciones fracasaban, la palabra se desplazó a un territorio imaginario —una ciudad, un reino, un lago— que se movió por el mapa de Sudamérica desde los Andes colombianos hasta la Guayana y el Amazonas.
El relato de Juan Rodríguez Freyle
La versión más citada de la ceremonia aparece en El Carnero (1636), la crónica del santafereño Juan Rodríguez Freyle. Él afirmó haberla escuchado de don Juan, cacique de Guatavita y sobrino del señor que gobernaba cuando llegaron los españoles. Según ese relato:
- El heredero del cacicazgo pasaba seis años de ayuno y encierro en una cueva, sin ver el sol, sin sal ni ají, y sin contacto con mujeres.
- Al terminar ese retiro, era llevado a la laguna, donde se congregaba el pueblo con fuegos y sahumerios.
- Lo desnudaban, lo untaban con una sustancia pegajosa (una tierra o resina) y lo cubrían con polvo de oro.
- Subía a una balsa de juncos con cuatro caciques principales, adornados con plumas, coronas y oro, y con una gran cantidad de piezas de orfebrería y esmeraldas a sus pies.
- En el centro de la laguna, en silencio, arrojaba el oro y las esmeraldas al agua como ofrenda. Al volver a la orilla, era reconocido como señor.
Otros cronistas anteriores, como Gonzalo Fernández de Oviedo y Juan de Castellanos, mencionan rumores de un «indio dorado» o «cacique dorado», aunque con menos detalles y presentándolo más como una ceremonia de ofrenda que como una coronación.
Un ritual de ofrenda, no un tesoro escondido
Para entender el relato hay que despojarlo de la mirada europea. Para los conquistadores, el oro era riqueza acumulable. Para los muiscas, el oro (casi siempre en forma de tumbaga, aleación de oro y cobre) tenía un valor ritual: era un medio para comunicarse con las fuerzas sagradas y mantener el equilibrio del mundo. Las ofrendas no se «escondían»: se entregaban. Lagunas, cuevas, cerros y campos de cultivo eran lugares sagrados donde se depositaban figuras votivas llamadas tunjos.
Los muiscas: el pueblo detrás de la leyenda
El altiplano cundiboyacense
Los muiscas habitaban el altiplano cundiboyacense, las tierras altas de los actuales departamentos de Cundinamarca y Boyacá, en la cordillera Oriental de Colombia. A la llegada de los españoles en 1537 eran uno de los pueblos más numerosos de los Andes del norte. Se organizaban en cacicazgos, entre los que destacaban el del zipa de Bacatá (en la sabana de Bogotá) y el del zaque de Hunza (actual Tunja). Guatavita era un cacicazgo de enorme prestigio, en parte por la importancia religiosa de sus lagunas.
Eran agricultores de papa, maíz y quinua; explotaban sal en Zipaquirá, Nemocón y Tausa; y comerciaban sal, mantas de algodón y esmeraldas con pueblos vecinos a cambio de oro, que en su territorio era escaso. Esa es una de las paradojas de El Dorado: los muiscas no tenían grandes minas de oro. Lo obtenían por intercambio y lo transformaban con técnicas de alta sofisticación.
Lagunas sagradas
En la cosmovisión muisca, las lagunas eran lugares de origen y de comunicación con lo sagrado. Según el mito de Bachué, la madre de la humanidad emergió de la laguna de Iguaque con un niño, pobló el mundo y regresó a las aguas convertida en serpiente. Guatavita, Siecha, Teusacá, Ubaque y Fúquene, entre otras, recibían ofrendas. Guatavita no era única, pero los cronistas la convirtieron en la más famosa.
La laguna de Guatavita: geografía de un mito
La laguna de Guatavita está en la jurisdicción del municipio de Sesquilé, cerca del pueblo de Guatavita, en Cundinamarca, a unos 57 kilómetros de Bogotá. Hoy forma parte de una reserva natural administrada por la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR). Su forma casi perfectamente circular dio lugar durante décadas a hipótesis de un cráter de meteorito o de origen volcánico; los estudios geológicos la explican más bien por procesos de disolución y hundimiento del terreno (una depresión de tipo kárstico o asociada a fallas), sin un consenso definitivo y popular sobre el detalle.

La laguna fue protegida legalmente por el Estado colombiano en 1965, después de siglos de intentos de saqueo. Desde entonces está prohibido extraer objetos de ella, y la visita turística se hace por senderos guiados que no permiten acercarse al agua.
Cuatro siglos intentando vaciar la laguna
Si algo demuestra la fuerza del mito es la obstinación con que se intentó drenar Guatavita.
Hernán Pérez de Quesada (c. 1545)
Pocos años después de la llegada de Gonzalo Jiménez de Quesada al altiplano (1537), su hermano Hernán Pérez de Quesada organizó el primer intento. Usando una cadena de trabajadores indígenas con vasijas y calabazas, logró bajar el nivel del agua unos tres metros durante la estación seca. En las orillas recién expuestas se recuperaron piezas de oro —las fuentes hablan de unos 3.000 a 4.000 pesos de oro—, una cantidad apreciable, pero muy lejos del tesoro esperado.
Antonio de Sepúlveda (1562–1580)
El intento más ambicioso fue el del comerciante Antonio de Sepúlveda. En 1562 firmó con la Corona española una capitulación que le concedía derechos exclusivos sobre lo que sacara «así en oro como en plata, perlas, piedras» de la laguna de Guatavita, a cambio de una parte para el rey. Con cientos —según algunas versiones, miles— de trabajadores indígenas abrió un gran corte en el borde de la laguna, la muesca que todavía es visible.

El nivel del agua bajó unos 20 metros. Aparecieron piezas de oro, petos, adornos y, según las crónicas, una gran esmeralda del tamaño de un huevo de gallina. Parte del botín se envió al rey Felipe II. Pero las paredes del corte se derrumbaron y murieron numerosos trabajadores. En documentos conservados, Sepúlveda se queja de haber gastado más de 20.000 pesos de oro fino sin recuperar sus gastos y pide ayuda a la Corona, que se la niega. Murió arruinado.
Las compañías de los siglos XIX y XX
En el siglo XIX, ya en la República, hubo nuevos proyectos, incluidos estudios impulsados por figuras como el naturalista Alexander von Humboldt, que visitó la región en 1801 y calculó especulativamente el valor del supuesto tesoro. Entre 1898 y 1910, la firma británica Contractors Ltd., dirigida por Hartley Knowles, perforó un túnel y logró vaciar la laguna casi por completo. Pero el lodo del fondo, expuesto al sol, se endureció como cemento; al poco tiempo el túnel se obstruyó y la laguna volvió a llenarse. La compañía recuperó algunas piezas, que terminaron subastadas en Londres, y quebró.
Los intentos continuaron, con buzos y dragas, hasta que la ley de protección de 1965 cerró definitivamente la búsqueda.
La Balsa Muisca: el ícono que no vino de Guatavita

El hallazgo en Pasca (1969)
En 1969, el campesino Cruz María Dimaté encontró, dentro de una cueva en el cerro La Campana, en el municipio de Pasca (Cundinamarca), una vasija de cerámica con varias piezas de orfebrería. Una de ellas era una pequeña balsa de unos 19,5 por 10 centímetros, con una figura central de mayor tamaño rodeada por figuras menores, algunas con máscaras, bastones y adornos. El Museo del Oro del Banco de la República la adquirió y se convirtió de inmediato en una de las piezas más famosas de América precolombina.
Cómo se hizo
La balsa fue fabricada en una sola pieza por la técnica de fundición a la cera perdida: se modelaba la figura en cera, se cubría con arcilla, se calentaba para que la cera saliera y se vertía metal fundido en el molde. Los análisis publicados por investigadores del Museo del Oro y de la University College London (2021) estudiaron su composición —una aleación con alto contenido de oro, con plata y cobre— y fecharon material asociado al molde. Los resultados indican una fabricación entre los siglos XIII y XV d. C. (aprox. 1295–1410), es decir, en el periodo muisca anterior a la Conquista.
Un detalle importante: en el molde aún quedaban restos de arcilla y carbón, y las piezas tienen imperfecciones de fundición. No era un objeto de lujo pensado para exhibirse, sino una ofrenda destinada a ser depositada en un lugar sagrado.

La balsa de Siecha, la que se perdió
La asociación entre una «balsa de oro» y la ceremonia de El Dorado nació con un hallazgo anterior. A mediados del siglo XIX (hacia 1856) se encontró una figura similar en la laguna de Siecha, cerca de Guasca, no lejos de Guatavita. La pieza fue interpretada de inmediato como representación de la ceremonia del cacique dorado. Fue enviada a Europa y, según los registros, se destruyó en un incendio en Bremen (Alemania) antes de llegar a un museo. Cuando apareció la balsa de Pasca, heredó toda la carga simbólica de la de Siecha.
¿Representa la ceremonia de El Dorado?
Esta es la pregunta central, y la respuesta honesta es: no lo sabemos con certeza. Investigadores como Juanita Sáenz Samper, María Alicia Uribe y Marcos Martinón-Torres han señalado que la conexión entre la Balsa y la ceremonia de Guatavita es, en buena medida, una construcción museográfica del siglo XX. Durante décadas se exhibió «flotando» frente a una fotografía de la laguna; en la renovación de 2008 se la ubicó sobre una superficie oscura y reflectante que simula agua, junto a la cita de Rodríguez Freyle.
La balsa sí muestra un tema que los muiscas consideraban importante: un personaje principal acompañado por otros en una embarcación ritual. Pero se encontró a decenas de kilómetros de Guatavita, en una cueva, no en una laguna. Es una ofrenda muisca auténtica; su lectura como «la balsa de El Dorado» es una interpretación.
El Museo del Oro de Bogotá

El Museo del Oro del Banco de la República, en el centro de Bogotá (Parque Santander, Carrera 6 # 15-88), conserva una de las colecciones de orfebrería prehispánica más grandes del mundo, con más de 34.000 piezas de oro y tumbaga, además de cerámica, piedra y textiles. Fue fundado en 1939 a partir de la compra del Poporo Quimbaya.
Para quien quiera entender El Dorado, la visita es obligada:
- Sala La Ofrenda: recrea el sentido de las ofrendas en lagunas y culmina en un espacio que evoca la inmersión en una laguna sagrada.
- La Balsa Muisca: exhibida en una vitrina propia, es la pieza más fotografiada del museo.
- Tunjos muiscas: cientos de figurillas votivas planas, la forma más común de ofrenda muisca.
¿Qué dice la arqueología sobre Guatavita?
Durante siglos, la imagen de Guatavita se construyó con crónicas y expectativas. La arqueología moderna ofrece otra escala. Un estudio publicado en la revista Latin American Antiquity (2023), basado en prospecciones alrededor de la laguna, concluyó que el material cultural encontrado sugiere la existencia de un santuario donde se hacían ofrendas rituales a pequeña escala, más que grandes celebraciones masivas como las descritas por los cronistas.
Esto no invalida el relato, pero lo matiza:
- Hubo ofrendas en Guatavita. Las piezas recuperadas por Pérez de Quesada, Sepúlveda y Contractors Ltd. lo confirman.
- No hubo un «tesoro» en el sentido europeo. Las cantidades recuperadas fueron modestas en relación con el esfuerzo.
- Guatavita era uno de varios lugares sagrados. Las lagunas de Siecha, Teusacá, Ubaque y otras también recibieron ofrendas.
- La ceremonia del cacique dorado es posible, pero difícil de verificar. Los relatos son de segunda mano, escritos décadas después de la Conquista y con intereses de por medio.
Del cacique dorado al reino de oro: cómo creció el mito
Cuando quedó claro que Guatavita no ocultaba riquezas infinitas, el mito no murió: se desplazó. Expediciones como las de Sebastián de Belalcázar, Nicolás Federmann (que llegaron al altiplano casi al mismo tiempo que Jiménez de Quesada en 1539), Gonzalo Pizarro y Francisco de Orellana (1541–1542, que terminó recorriendo el Amazonas), Felipe von Hutten y Pedro de Ursúa y Lope de Aguirre (1560–1561) persiguieron un Dorado cada vez más lejano.
A finales del siglo XVI, el inglés sir Walter Raleigh buscó la ciudad dorada de Manoa, junto a un supuesto lago Parime en la Guayana, y publicó en 1596 The Discovery of the Large, Rich and Beautiful Empire of Guiana. Los mapas europeos dibujaron ese lago durante casi dos siglos, hasta que exploradores como Humboldt demostraron que no existía.
Así, El Dorado pasó de ser un rito muisca concreto a una metáfora universal de la riqueza inalcanzable. Hoy da nombre al Aeropuerto Internacional El Dorado de Bogotá, a películas, novelas y videojuegos.
La verdad detrás de la laguna
Si se separan los hechos de la leyenda, el panorama es claro:
- Lo real: los muiscas practicaban ofrendas de oro y esmeraldas en lagunas sagradas, Guatavita entre ellas; producían piezas como la Balsa Muisca mediante técnicas avanzadas; y los españoles extrajeron oro de Guatavita en varios intentos de drenaje.
- Lo probable pero no comprobado: una ceremonia de investidura en la que el heredero de Guatavita se cubría de oro y navegaba en una balsa.
- Lo falso: una ciudad o un reino de oro; un tesoro incalculable en el fondo de la laguna.
El verdadero enigma de El Dorado no está en el fondo de Guatavita, sino en la forma en que dos visiones del mundo chocaron. Para los muiscas, el oro era un puente con lo sagrado que debía devolverse a la tierra y al agua. Para los europeos, era riqueza que había que sacar. Ese malentendido costó vidas, destruyó un orden cultural y dio origen a uno de los mitos más duraderos de la historia.
Preguntas frecuentes
¿Dónde queda la laguna de Guatavita?
En el municipio de Sesquilé, Cundinamarca, Colombia, a unos 57 km al nororiente de Bogotá y cerca del pueblo de Guatavita. Es una reserva natural con visitas guiadas.
¿Se puede ver la Balsa Muisca?
Sí. Está exhibida en el Museo del Oro del Banco de la República, en Bogotá.
¿La Balsa Muisca se encontró en Guatavita?
No. Se encontró en 1969 en una cueva del municipio de Pasca, Cundinamarca.
¿Hay todavía oro en la laguna de Guatavita?
Es posible que queden piezas en el fondo, pero la laguna está protegida por ley desde 1965 y cualquier extracción está prohibida. La arqueología sugiere ofrendas a pequeña escala, no un gran tesoro.
¿Qué significa «El Dorado»?
«El hombre dorado»: el cacique muisca cubierto de polvo de oro. Solo después pasó a designar un lugar mítico.
Fuentes consultadas
- Uribe, M. A., Martinón-Torres, M. y Quintero, J. P. «The Muisca Raft: Context, Materials, and Techniques». University of Cambridge Repository (versión de acceso abierto).
- Banco de la República – Red Cultural. «La creación de un mito», exposición Ofrendas para cuidar el mundo.
- Boletín Museo del Oro. «Las primeras exploraciones en la laguna de Guatavita» (incluye la capitulación de Antonio de Sepúlveda, 1562).
- Academia Colombiana de Historia. Boletín de Historia y Antigüedades, n.º 367–368 (petición de Sepúlveda a la Corona).
- «El Dorado Offerings in Lake Guatavita: A Muisca Ritual Archaeological Site». Latin American Antiquity (2023). doi:10.1017/laq.2023.26
- Rodríguez Freyle, Juan. El Carnero (1636).
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